Cuentan los mayores de Sayago, que el plástico llegó a los pueblos con aquellos cubos de vivos colores, tan ligeros, resistentes y fáciles de apilar, que eran todo ventajas frente a los pesados calderos de cobre y cántaros de barro, que se oxidaban o se rompían al menor roce con el suelo.
Los hábiles charlatanes de la modernidad, lanzaban al aire y pateaban el cubo de muestra, haciendo visible el portento; “intente hacer eso con su cántaro, a ver si aguanta el chancazo”.
Ante la evidente superioridad técnica del plástico, el negocio estaba hecho: cambiar pesados calderos y frágiles cántaros por el recipiente del futuro, era un tren que no se podía dejar pasar. Verde y con asas.
Anticuarios extranjeros se frotaban las manos, repasando los precios marcados en aquellos utensilios extraídos de la España Vacía, que terminaron decorando las mansiones de nuevos ricos americanos.
Con la perspectiva del tiempo, el engaño se hace evidente. Y sin embargo estamos volviendo a cometer el mismo error.
Hoy la modernidad son las energías renovables; el último tren al futuro que no se puede dejar pasar. Y claro que tiene sus ventajas, pero se hace necesario poner en una balanza lo que traen y lo que se llevan, según el lugar donde se instalen, las dimensiones de cada proyecto y la manera en que se gestionan y reparten tanto la producción, como los beneficios que generan.
El medio rural y natural, se está llenando de macroproyectos energéticos orientados al máximo beneficio económico, la captación de fondos europeos y el engorde de inversores internacionales, a los que poco importa el futuro de los pueblos y su principal problema, que es la despoblación.
Ya sabemos que la energía crea riqueza y empleo, pero no donde se genera, sino en las zonas industriales donde se consume. En los pueblos, tras el espejismo de desarrollo durante la instalación, sólo quedan las migajas de un negocio que se lleva por delante otros sectores, basados en la riqueza del paisaje, la historia, la cultura y el saber hacer artesanal, como aquellos calderos y cántaros de antaño, desplazados por un cubo de plástico. Un negocio bueno para otros, en el que se volverá a perder. Verde y con asas.